Laskavo prosymo

Madrid, Estambul y Kiev. 4 de julio de 2013

Un vuelo de cuatro horas desde Madrid, tránsito en el aeropuerto de Estambul con unos 45 minutos entre vuelos. Last call. Llego corriendo pero llego.

Recién aterrizado el avión en Kiev, espero cerca de varios hombres vestidos con uniformes militares junto a los que había viajado. “¿Cómo se dice ‘buenas tardes’ en ucraniano?”, les pregunto. “Dobro (algo que no llego a entender)”. “Spasiva”, musito con mi nulo conocimiento de cualquiera de estas lenguas. A continuación, uno de los militares dice algo que, por supuesto, no comprendo, pido traducción a sus compañeros, quienes me hacen un gesto de dejarlo pasar. En fin. Puedo imaginar que no ha hecho ningún comentario digno de traducir.

Estoy en Kiev (!!!!!).

Al poco de esperar en el aeropuerto, caigo en la cuenta de que no sé a quién espero. Deduzco que es un hombre, pero podría ser también una mujer por su nombre -Valery- y tampoco tengo ningún teléfono en caso de no encontranos. Atisbo carteles y nombres de todos los colores y nacionalidades hasta que recuerdo que en unas de las hojas de información sobre el campamento al que vamos en unos días venían algunos números de teléfono. Varias tentativas después, consigo contactar con una tal Anna, que al poco descubro no era quien pensaba. Justo en ese momento aparece una joven menuda zaranzeando un cartel en el que alcanzo a leer “Belen Lobos”.

Oksana es una de las encargas de Alternative-V, la organización para la que seré volutaria y me explica que Valery no ha podido venir a recogerme. Desde la ventanilla del coche en el paseo hacia la casa, tengo las primeras impresiones de la ciudad con la luz fotográficamente perfecta del atardecer.

La zona del aeropuerto se reduce a mastodónticos edificios, grises -cómo no-, iglesias que no se saben si fueron construidas ayer o llegaron del futuro, como en una versión del este de la ‘Metrópolis’ de Fritz Lang.

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Mi nuevo cuarto-salón kievkiano

“Estamos llegando”, me dice Oksana, que ha conducido a una velocidad anormalmente lenta, lo cual hace que me resulte imposible calcular la distancia recorrida. En el momento en el que señala un edificio haciendo referencia a la que será mi futura casa, el coche atraviesa una abrupta carretera con camionetas de estilo soviético apostadas a nuestra izquierda.

El coche para finalmente, y baja a darme la bienvenida mi nuevo compañero de piso, Marco, un siciliano de 27 años con pinta entre rockayllesca y punk. Oksana se despide y nos saluda la puerta tipo blindada a la que se accede con una llave automática.

De la casa hablan mejor las fotografías. De la anterior inquilina o inquilino no sabemos nada más allá de que debía de tener cosas mejores a las que dedicarse que al cuidado de su humilde morada. Tal vez el único elemento del piso que no remite directamente a ‘Good Bye Lenin’ es la creativa forma de arreglar los desperfectos de quien antes lo habitaba:  cada vez que se estropeara un trozo de pared -o de lo que fuera-, se procedería al pegado de un discreto trozo de papel pintado diferente al que ya hubiera en ese lugar u objeto.

Después de una frugal cena y de un intercambio de impresiones con la pareja italiana con la que, desde hoy, comparto piso, me acuesto en mi nuevo cuarto-salón ucraniano.

Laskavo prosymo a mí misma. Primeras buenas noches en este (tu) nuevo hogar, Belén.

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El primer desayuno ucraniano

3 thoughts

  1. Me alegro que nos hayas hecho caso! Espero impaciente la continuación, además de lo que nos adelantaste en FB…

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